Hay veranos que no queremos dejar atrás: el arte de llevar el verano contigo


pendientes nacra de conchas en una noche de verano

Hay veranos que parecen quedarse con nosotros mucho después de que hayan terminado.

La luz de Cádiz al final de la tarde.
El viento levantando la arena en una playa de Huelva.
El olor de la sal después de un día entero junto al Atlántico.
Una carretera casi vaia hacia uan playa perdida cerca de Sagres.

Una concha encontrada por casualidad.

Las persianas medio cerradas para protegerse del calor.
Una mesa puesta con toda su ceremonia, manteles bonitos, flores y una sobremesa eterna.
Los colores que solo existen durante unos meses.

Y esa sensación de estar exactamente donde quieres estar.

Hay algo en los veranos del sur que resulta difícil de explicar.

Quizá sea la luz.

Quizá el Atlántico.

Quizá esa mezcla de calor, viento y sal que hace que el tiempo parezca transcurrir de otra manera.

O quizá sea simplemente que durante unas semanas pasamos del reloj y olvidamos el móvil , prestamos atención a cosas a las que normalmente no se las prestamos.

A una sombra en una pared.

A las flores que crecen al borde de un camino.

A una concha que aparece dando un paseo al atardecer por la orilla  y decidimos llevárnosla a casa.

A cómo cambia el color del mar cuando empieza a caer la tarde.

A la compañía y los momentos con los nuestros.

Porque los veranos no se quedan con nosotros por las grandes cosas.

Se quedan por los pequeños detalles.

Los colores de los veranos del sur

No existe un único color del verano.

Está el blanco de las casas bajo el sol.

El arena de las dunas.

El azul profundo del Atlántico.

El verde de los pinos.

El amarillo apagado de la hierba seca.

mujer halm caminando al atardecer

Los tonos coral, terracota y rosa que aparecen durante unos minutos cuando cae el sol.

Son colores imperfectos.

Cambian con la hora, con el viento, con la sal y con la luz.

Y quizá por eso resultan tan difíciles de reproducir.

No son simplemente colores.

Son recuerdos.

 

 

 

 

 

El Atlántico también forma parte de nuestra memoria

Hay una manera de vivir el verano que pertenece especialmente al sur atlántico.

No es solamente ir a la playa.

Es el viento.

El pelo lleno de sal.

Las toallas que nunca terminan de secarse del todo.

Las dunas.

Las largas tardes.

Los pueblos blancos.

Las terrazas y los tardeos.

Las comidas que empiezan tarde y terminan todavía más tarde.

El océano siempre presente.

Cádiz, Huelva y el sur de Portugal comparten algo que no tiene que ver con una frontera concreta.

Una manera de entender el verano.

Más sencilla.

Más abierta.

Más cercana a la naturaleza.

Más lenta.

Y con esa belleza ligeramente imperfecta que aparece cuando dejamos que las cosas sean lo que son.

Llevar un verano contigo

Quizá por eso guardamos cosas.

Una fotografía.

Una postal.

Una flor seca.

Una piedra.

Una concha.

Un vestido.

Un perfume.

Una joya.

Pequeños objetos que, vistos fuera de contexto, pueden parecer insignificantes.

Pero que para nosotros contienen un lugar entero.

Porque los objetos también tienen memoria.

Y algunas veces basta con volver a encontrarlos para regresar, durante unos segundos, a aquel verano.

Cuando una joya se convierte en recuerdo

Una joya puede hacer exactamente eso.

Puede formar parte de un momento y quedarse asociado a él.

Los pendientes que llevabas aquella noche en la que nos conocimos.

El pequeño charm que compraste durante un viaje y no te quitas nunca.

La pieza que elegiste para ti después de mucho tiempo queriendo algo especial y te la regalaste porque sí.

Con el tiempo, deja de ser simplemente algo que llevas.

Se convierte en parte de tu historia.

Quizá por eso nos atraen tanto las formas que encontramos en la naturaleza.

Una flor.

Una concha.

Un cristal pulido por el agua del mar.

Pequeños fragmentos del mundo que nos rodea y que, al convertirlos en objetos, podemos llevar con nosotros.

MAREA

De ahí nace MAREA.

Broche triton de halm , hecho en ceramica con forma de carcola

Una colección inspirada en los veranos junto al Atlántico, en las conchas encontradas por casualidad, en la luz del final de la tarde y en esos pequeños tesoros que terminamos guardando.

Pendientes, broches, charms y piezas inspiradas en formas que pertenecen al mar.

No para recrear un lugar concreto.

 

Sino para conservar una sensación.

La de caminar descalza.

La de volver de la playa con sal en la piel.

La de encontrar algo bonito sin haberlo buscado.

La de saber que, aunque el verano termine, algo de él puede quedarse contigo.

Porque algunos veranos no queremos dejarlos atrás

Quizá no podamos conservar la luz.

Ni el olor del mar.

Ni el sonido del viento entre las dunas.

Pero podemos conservar pequeñas cosas que nos los recuerden.

Una fotografía.

Una concha.

Una canción.

Una joya.

Algo pequeño que, de repente, nos devuelva a aquel lugar.

Porque quizá llevar contigo un poco del verano no significa intentar que nunca termine.

Significa recordar cómo te sentías cuando estabas allí.

MAREA nace para eso.

Para llevar contigo un pequeño fragmento de los veranos del sur.

Incluso cuando el verano termine.

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